No estamos caros. Dejamos de estar baratos.
- Leticia

- hace 17 horas
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Una lectura del turismo argentino —y latinoamericano— desde una mirada con visión, no desde la queja. Porque lo que cambió no es el precio. Es que se cayó la excusa.
Lo escuchás en cada grupo de anfitriones. En los comentarios de cualquier posteo de turismo. En una charla de hoteleros.
—Estamos carísimos. Antes, con el dólar barato, venían en masa. Ahora no nos elige nadie.
Y no está del todo equivocado. El dólar barato traía gente. La pregunta es otra:
¿Traía huéspedes, o traía cazadores de ofertas?
Esa diferencia es toda la nota. Porque hay dos formas de pararse frente a lo que está pasando. Una es la queja: el mercado se puso caro, la culpa es del dólar, no hay nada que hacer hasta que vuelva a estar barato. La otra es la del que entiende su alojamiento como una marca con identidad, y se pregunta qué construyó —o qué dejó de construir— que valga más que un precio bajo.
Esta nota es para la segunda.

El tipo de cambio es el clima
Empecemos por desarmar la frase, porque la percepción y el dato no son lo mismo.
¿Argentina es uno de los países más caros del mundo? No. Lo que pasó es más preciso. Durante años tuvimos un peso tan depreciado que el país era una ganga para cualquiera que llegara con dólares. Esa ganga se terminó. No nos volvimos caros: dejamos de estar regalados. Y ni siquiera es una posición fija, es pura volatilidad —un año caros, al siguiente baratos, según cómo se mueva el dólar—.
Lo importante no es el número. Es lo que ese número te obliga a aceptar:
El tipo de cambio es como el clima. Y nadie construye un negocio sólido apostando a que mañana llueva a su favor.
El que necesita que el dólar esté barato para llenar no tiene un negocio turístico. Tiene una posición que a veces sale bien. Y cuando el clima cambia, se queda sin estrategia, porque nunca tuvo una: tuvo viento de cola.
El precio nunca fue el imán
Acá está el corazón del asunto, y conviene decirlo sin vueltas: si alcanzara con ser barato, el destino más caro del mundo no debería tener turistas. Y tiene. Multitudes.
Londres es una de las ciudades más caras para pasar un fin de semana. Y aun así está entre las tres primeras del mundo en turismo. Pero el dato que importa no es ese. Es este: el último año, mientras las llegadas totales a la ciudad caían un 3%, el volumen de visitantes internacionales de su corazón turístico creció casi un 12%.
Leelo de nuevo, porque es la nota entera en una sola línea.
El segmento que busca experiencia creció justo cuando el segmento que busca lo más barato se achicaba.
Eso es competir por experiencia y no por precio, en estado puro. El precio alto no espanta: filtra. Saca al que solo busca la ganga y atrae al que paga por algo que vale lo que cuesta.
Y esa es la diferencia que cambia todo. Cuando competís por precio, tu techo es el más barato del mercado: siempre va a haber alguien dispuesto a cobrar menos que vos, y a esa carrera la perdés incluso ganándola. Cuando competís por propuesta, no tenés techo. Tenés huéspedes que eligen pagar lo que vale lo que creaste.
El dólar barato nos dejó cómodos en la primera carrera. Y ahora que se terminó, descubrimos que muchos nunca aprendimos a correr la segunda.
La ola de turismo en Argentina cambió. ¿Para quién estás preparado?
Mientras tanto, llega gente nueva. De lugares nuevos. Mercados de larga distancia que antes ni aparecían en el radar ahora desembarcan, con nuevas rutas aéreas y un turista distinto al que venía en la época del dólar regalado.
Cambió el origen, cambió el poder de compra, cambió lo que ese huésped espera encontrar. Y la pregunta honesta no es qué hace el Estado, ni qué hace la plataforma. Es qué hacés vos.
¿Sabés quién es el huésped que llega hoy a tu zona? ¿Qué busca, qué lo emociona, qué lo espanta? ¿Estabas preparado para recibir a un latinoamericano y de golpe te toca alguien de un mercado que ni tenías mapeado? ¿Pivoteaste, o seguís recibiendo al turista de hace cinco años en un mundo que ya cambió de ola?
Porque el camino, ahora, no es bajar el precio hasta volver a ser la ganga. Es otro, y se puede nombrar con claridad:
Dejar de competir por precio y empezar a competir por propuesta.
Dejar de reaccionar al arribo y empezar a diseñar la experiencia.
Dejar de ser una opción más barata y empezar a ser una elección.
Eso no lo destraba el dólar. Lo destraba la mirada con la que mirás tu propio alojamiento.
Pero tu alojamiento solo, no mueve la aguja.
Ahora bien, hay una parte de la queja que es justa, y conviene ponerla sobre la mesa. La mayoría de ese turismo nuevo está aterrizando en Buenos Aires. En el interior, la sensación es la opuesta: "acá no llegó nadie". Y muchas veces es verdad.
Acá hace falta honestidad en las dos direcciones. Un alojamiento, solo, no puede traer turistas a su ciudad. No puede hacer la promoción de un destino, ni construir la conectividad aérea, ni levantar la infraestructura que falta. Eso excede a cualquiera de nosotros, y buena parte de esa responsabilidad es del Estado y de todos los actores del sistema.
Pero "no depende solo de mí" no es lo mismo que "no depende de mí".
La curva muestra cada vez más turismo en Argentina, y de mejor calidad. La pregunta es cuánto de esa torta se queda en tu destino. Y ahí sí tenés parte: ¿qué estás haciendo para tocar la puerta de tu intendente, de tu gobernador? ¿Tu localidad invierte en promoción, en infraestructura, en excelencia de servicio, en experiencias que valga la pena venir a recorrer? Porque si tu provincia, tu ciudad o tu pueblo no se construye como destino, de esa torta no te vas a quedar con casi nada.
De los turistas que llegan al país, ¿cuántos se queda tu provincia? ¿Cuántos tu localidad? ¿Cuántos vos?
Construir tu alojamiento es la mitad del trabajo. La otra mitad es ser parte activa del destino que lo contiene. El que mira como creador no espera que el destino se arme solo. Empuja para que se arme.
Y esto no es solo en Argentina.
Si sos anfitrión en cualquier otro país de la región, no leas esto como un problema argentino. Es un patrón latinoamericano.
El turismo en América Latina crece, pero crece casi siempre en los mismos clústeres: las capitales, los íconos, Cancún, Cartagena, Machu Picchu. El resto del territorio —con paisajes, cultura y activos de sobra— queda afuera del mapa. Y no por falta de belleza, sino por falta de condiciones: promoción, infraestructura, experiencia diseñada.
Los destinos que rompen ese techo son los que dejan de esperar y empiezan a construirse.
La moraleja viaja igual en todo el continente: el turismo va adonde alguien decidió construir un destino. No adonde simplemente hay cosas lindas para ver.
El mercado no se satura. SE AFINA
Lo que está pasando no es una desgracia. Es un filtro. Y opera en dos niveles: filtra al anfitrión que solo vivía de ser barato, y filtra al destino que nunca decidió construirse.
El dólar barato escondía las dos cosas. Se cae el subsidio, y aparece la diferencia. El que tenía propuesta, sigue. El que tenía promoción, sufre.
No competimos por precio porque ya no podemos. Competimos por precio porque elegimos no construir otra cosa.
El dólar barato te traía clientes.
La experiencia te trae huéspedes.
Y cuál de las dos sostenés —vos, y el destino del que sos parte— ahora lo decidís vos.
Decidir cómo te parás frente a esto es el primer paso. Y no es un tema que se agote en una nota: es una mirada que se entrena, lectura a lectura.
Si esta forma de leer el mercado te resonó, te invito a sumarte a la Carta Editorial. Llega los miércoles. Se lee con calma. Deja algo resonando.
Y si tenés dudas, alguna opinión o alguna experiencia que compartir, ¡me encantará leerte en comentarios!
Nos leemos en la próxima.
Abrazo.
Leticia



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